magínate por un momento, si tienes suficiente estómago, dos bandos enzarzados en una reyerta fenomenal: una gigantesca melé de mostrencos descerebrados haciéndose puré con ejes de carro, estufas de hierro, mangos de hacha y, en su defecto, a brazo partido; colócate además en la tesitura de introducirte en semejante carnicería y machacar bien, sin mirar a quién, y tendrás una idea bastante aproximada de los que aguarda, una página sí y otra también, en la novela que tienes entre manos.